VOCES. Ganadores del segundo concurso literario de AFDA

1er Premio-HASTA PRONTO

 

Escrito por Sergio Muñoz Sancho

Es sábado y la primavera se despide de Zaragoza, como ella suele hacerlo, con temperaturas propias del verano en ciernes.

Subo al tranvía, camino del viejo, pero todavía imponente estadio de la Romareda, en el que tantas tardes de gloria hemos vivido, pero tantas de hastío y pena sufrimos últimamente.

Como suele ser habitual en tardes como la de hoy, se suceden los roces y empujones, provocados por el vaivén del vagón, entre la gente que se agolpa en su interior. Supongo, que cada uno con su historia, sus vivencias, sus pensamientos, su mochila, sus rémoras, en definitiva, con su vida. En lugares así, me es inevitable pensar lo cerca que estamos de personas de las cuales no conocemos absolutamente nada y me gusta fantasear con la vida o los pensamientos de ese señor, de no menos de ochenta años, agarrado del asidero del vagón, o con la de esas dos adolescentes que van bromeando mientras el pequeño espacio se abarrota cada vez más.

En cambio, esta vez todo se para cuando te veo de nuevo clavando en mí tu mirada como un niño que descubre algo por primera vez y no puede apartar sus curiosos ojos de aquello que le sorprende.

Eres tú quien se acerca. Siempre fuiste mucho más lanzada y descarada que yo para estas cosas y no te voy a engañar, pese a haber pensado más de mil veces que este momento llegaría, no me sentía preparado para afrontarlo.

Extiendes tus brazos para rodearme con ellos, aunque te has dado cuenta que mi respuesta es fría. Intento transmitir, de forma intencionada, toda la desgana que me permiten el momento y el lugar e intuyo por tu gesto que te percatas de ello, no en vano, nunca se nos dio bien eso del disimulo a ninguno de los dos.

Estás igual que la última vez, abrumándome con tu verborrea infinita e impidiendo que pueda desviar mi atención hacia algo que no sean tus palabras. En tono alto y firme, contundente, sin dudar ni siquiera un segundo cual era la frase que seguía a la anterior. Derrochando seguridad y haciendo que yo quedara absorto recordando porque me obnubilabas con tu retórica. Tras unas breves palabras cordiales sin mucha efusividad por mi parte, recuerdo aquellas vacaciones en Bilbao, podría hacer un esfuerzo para precisar el año con exactitud, pero no creo que sea necesario ni tengo fuerzas para ello, en las que no nos separamos casi en ningún momento, haciendo que todo a nuestro alrededor; el paisaje, la gastronomía local, otras compañías, los lugares o las gentes dieran igual.

Inmediatamente después, se agolpan en mi mente recuerdos sobre las muchas discusiones que protagonizaron nuestra relación, los desacuerdos casi incesantes, las noches que pasé sin dormir por tu culpa o cuando me alejaste de mis amigos de una forma que solo puedo describir como vil y rastrera, aunque son palabras que no quiero pronunciar en el momento porque todos estos exabruptos fueron dichos en su momento. Pero, con el paso del tiempo, también he sido capaz de entender las veces en las que me hiciste reaccionar y sacar fuerzas de flaqueza cuando las reservas estaban vacías y hasta el más optimista me daba por desahuciado.

Llego a mi parada por fin y me resulta curioso sentir de nuevo la misma sensación que la última vez que nos despedimos porque tengo la certeza absoluta de que nuestros caminos, tarde o temprano, volverán a encontrarse de nuevo. Así que; hasta pronto, Ansiedad.

 

2º Premio-La casa de chocolate

 

Escrito por Consuelo Gil Alonso

 Cierro los ojos y puedo notar el olor del huerto y del panizo húmedo de los campos, que rodean mi casa de chocolate, en esa noche de verano de mi infancia. Mi abuelo nos cuenta historias de su pueblo, de su niñez lejana nunca olvidada. Su voz penetra en la noche, al abrigo de la casa, apurando un cigarro a escondidas de mi abuela. Hay una mezcla de humo y ternura. Mis hermanos y yo, lo miramos boquiabiertos, con un sentimiento entre emoción y miedo.

Hay un pueblo por Castilla, que huele a torta de pan. En la calle alta, hay una casa de tres alturas con dos balcones, uno sobre otro. Hay un hogar y una poza, una mesa y un cuenco con almendras, unas sillas pegadas a la pared y un pequeño mueble, sobre el que reposa una muñeca con la cara de cartón haciendo encaje de bolillos. No es mi casa de chocolate. Es la de mi abuelo, la que lo vio nacer.

Hay un río que fluye, en medio de las arboledas frondosas de sus riberas. Cerca están los campos y más allá, el pequeño pueblo. No huele a huerto, ni a panizo recién regado. Huele a nostalgia y a tiempos lejanos. Huele al Duero, que canturrea en la voz soñadora de mi querido abuelo. Su hermano Ángel y él estaban pescando, cuando oyeron a varias mujeres correr y chillar despavoridas. Ellos se escondieron entre los álamos del río. Eran solo unos niños. Pero no hicieron ni el menor ruido. Enseguida escucharon las voces de unos hombres malvados, que las perseguían. Cuando llegaron a atraparlas, todos se convirtieron en piedra.

En mi mente se confunde el rumor del agua y el olor a pan, con el canto de los grillos y el cielo estrellado de la noche de verano, en mi huerto de la casa de chocolate. Sigo escuchando la voz de mi abuelo. Cuando me surgen las dudas en el camino de mi vida, dejo que él me acompañe. Cogemos la linterna y subimos hacia el monte. La noche y las estrellas nos acompañan. De lejos fluye el Duero, entre los álamos y las estatuas de piedra que se perseguirán durante la eternidad.

 

concurso literario voces 2019

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